El rodaballo (Gunther Grass)

Sin una idea clara sobre qué leer me pasé por la biblioteca. Allí pedí consejo, a mi bibliotecaria favorita, sobre una lectura para Agosto. Sin saber bien qué aconsejarme me acompañó a una de las diversas estanterías a escoger algo. Al ver esta obra comentó que, si bien no la había leído personalmente, algunas de sus compañeras sí. Y la calificaban de obra complicada de comprender. Mi, por qué no decirlo, vena prepotente me impulsó a aceptar el implícito desafío.

Autor

Günter Grass se hizo escritor después de haber recibido una sólida formación como escultor y dibujante. Su obra comprende poemas, dramas y, sobre todo, novelas.

"El tambor de hojalata" es una de las obras maestras de la literatura europea y, en cuanto portavoz de la generación que sobrevivió a la guerra, la mejor novela alemana de este siglo. Con "El gato y el ratón" y "Años de perro" compone la famosa «Trilogía de Danzig», que dio renombre universal a Grass. "Es cuento largo" es un demoledor libro sobre la unificación alemana por cuya traducción Miguel Sáenz obtuvo el Premio Aristeion de Traducción 1998.

Pero la obra literaria de Grass, en prosa y en verso, es ya inmensa. Hombre político y siempre comprometido con cualquier causa justa, Grass ha sido objeto de muchos ataques. En 1999, obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y el Premio Nobel de Literatura.

Sinopsis

"El rodaballo" es, sin lugar a dudas, el más grassiano de los libros de Grass. En ninguno de ellos muestra tanta capacidad fabuladora, tanto barroquismo controlado, un instinto tan seguro para la sátira, tanto rigor en la composición o una mezcla tan eficaz de poesía y sensualidad. Son nueve mujeres, nueve las que le sirven para narrar la historia del Hombre, desde los tiempos prehistóricos hasta el alzamiento de los obreros de Gdansk. Cientos de miles de años de lucha entre sexos y clases sociales, entre progreso y superstición, distribuidos en nueve capítulos que corresponden a los nueve meses del embarazo de la mujer del autor. Y todo ello casi en forma de libro de cocina.

Edición

Alfaguara
611 páginas
Edición cartoné con buen tamaño de letra

Suma de Letras
768 páginas
Edición rústica de buen tamaño de letra

Ambas ediciones han sido traducidas por Miguel Saenz.

Conclusión

Al leer la sinopsis más de uno puede pensar que esta obra supone un desvarío del autor. Pues sí, no se equivoca en absoluto. Pero además de ello es una obra maestra dentro de los desvaríos. Intentar realizar un resumen-aproximación coherente del libro sería en sí un absurdo. Aunque lo voy a intentar.

Tenemos al autor-protagonista, que ha sido agraciado con el embarazo de su mujer, Ilsebill. Dentro de él conviven nueve cocineras de todas las épocas, desde la prehistoría hasta prácticamente la actualidad. Y, además de este detalle, nuestro protagonista ha "tempotransitado" por todas las épocas siendo diferentes hombres, siempre cercanos a las cocineras que viven en él. Por si esto fuera poco también tenemos al rodaballo. ¿Qué es el rodaballo? Pues un pez que, un buen dia, en la prehistoría, decidió dejarse pescar por un hombre y, a cambio de su liberación, se comprometió a ayudar al género masculino a combatir la dominación femenina. Con sólo acercarse al mar y llamarlo, él aparecería para dar consejos al hombre.

Si has leído hasta aquí mi reseña, seguramente tendrás decidido que este no es tu tipo de libro. Espera, que aún hay más. A todo lo anterior se debe sumar una extensa amalgama de clase de historia, clase de cocina y reflexiones de diversa índole sobre la eterna batalla de los sexos. Tambíen encontrarás en esta obra reflexiones políticas. Ah, y casi lo olvido, poesía. También hay muestras de ese arte dentro de estas páginas.

Para dar una opinión sobre este libro se debe mirar al completo y, al mismo tiempo, cada una de sus partes. Las fábulas históricas son instructivas y bien narradas. Las descripción de la guerra de sexos trata multitud de temas, algunos de los cuales hay que tener estómago para leer. Las clases sobre cocina y alimentación son también interesantes. Las referencias políticas son tratables en su justa medida. Y la poesía ilustra, en versos intermitentes, todas las anteriores reflexiones. Cada una de sus partes es una pequeña obra maestra. ¿Y en conjunto? Un completo caos del cual salir victorioso y comprenderlo en toda su profundidad es tarea de genios.

La pregunta clave es: ¿recomiendo este libro? No, no lo recomiendo. Así de simple. Las primeras páginas son divertidas e incitan a seguir por el mero hecho de descubrir qué nuevo desvarío encontraremos en la página siguiente, además del desafío de comprender por qué el autor ha saltado de un tema a otro y con qué objeto. Pero todo tiene un límite. Y conforme avanzas en la lectura dejas de intentar comprenderlo todo. Porque simple y llanamente es imposible. Y los desvaríos cada vez sorprenden menos. Llega un momento en que la lectura se convierte en un suplicio ya que ni sabes por dónde va el autor, ni comprendes dónde quiere llegar realmente, aunque lo intuyas de forma natural.

Cabe destacar que es de gran mérito la traducción de Miguel Sáenz. Pocas personas hubieran sido capaces de plasmar en otro idioma este manuscrito de manera aceptablemente lógica.

En síntesis, una obra difícil como pocas, un verdadero desafío para los que se consideren "lectores de pro". Ah, una última apreciación. A mí me venció. Acabé el libro, así es. Pero únicamente porque jamás dejo un libro a medias si he decidido terminarlo. Quizás tú, que lees esta reseña, tengas el suficiente valor para recorrer el mismo camino que yo y salir victorioso. Si lo lográs mi admiración tendrás.

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»El rodaballo (Gunther Grass)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «El rodaballo (Gunther Grass)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

El nombre de los nuestros (Lorenzo Silva)

Con la publicación de la que por el momento es su última novela, Lorenzo Silva parece consolidarse como uno de los escritores más prometedores de su generación. A pesar de su juventud (nació en 1966), el novelista madrileño es autor de una obra ya bastante nutrida, que comprende doce novelas (tres de ellas específicamente destinadas al público juvenil) y dos libros de viajes TÍTULO=»\indice1\»>1.

El éxito de su narrativa (El nombre de los nuestros va por la cuarta edición, se reeditan sus primeras novelas y se preparan adaptaciones cinematográficas de El lejano país de los estanques y El alquimista impaciente) se debe en primer lugar al hecho de que Lorenzo Silva es un escritor muy bien dotado para la narración, con un talento innegable a la hora de urdir historias y crear personajes que interesan al lector desde la primera línea. Ahora bien, también es cierto que al menos una parte significativa de su narrativa tiene una clara orientación comercial (perceptible, por ejemplo, en los dos últimos títulos citados, que en cualquier caso no dejan de ser novelas policíacas amenas y muy bien construidas), y que además Silva ha mostrado una gran habilidad para conectar con las inquietudes e intereses de las últimas promociones de lectores, tal como demuestra no sólo su dedicación al ámbito de la literatura juvenil, sino también su participación en el desarrollo de La isla del fin de la suerte, una novela interactiva en Internet TÍTULO=»\indice2\»>2.

Que el éxito comercial no tiene por qué estar reñido con la calidad literaria y con propósitos tan respetables como la recuperación de la memoria histórica y la actualización de la tradición novelística española se demuestra con la novela que ahora nos ocupa. El nombre de los nuestros es, en efecto, un relato bélico “inspirado en los avatares reales vividos entre junio y julio de 1921 por los soldados españoles” (p. 7), durante las campañas militares de Marruecos, que tan graves repercusiones tuvieron en la vida española de los primeros treinta años del siglo XX. Con esta novela, Silva “resucita” una tradición literaria que tiene prestigiosos antecedentes en figuras como José Díaz Fernández (El blocao, 1928), Ramón J. Sender (Imán, 1930), o Arturo Barea (La forja de un rebelde, 1941-1944) TÍTULO=»\indice3\»>3, y nos recuerda, en unos tiempos tan poco propicios a la defensa de las causas perdidas, el destino de unos hombres sacrificados en una empresa colonial tan absurda como inútil.

Debemos precisar que esta actualización de la tradición novelística sobre las campañas africanas ofrece perfiles singulares, ya que frente a los evidentes propósitos antimilitaristas y antiimperialistas que alientan en las tres obras citadas, la de Silva debe leerse más bien como un homenaje sincero y emotivo, pero a la vez nada proclive a las tentaciones demagógicas, hacia los soldados que participaron en la guerra de Marruecos. El propio autor hace explícita esta intención al final del capítulo 19, significativamente titulado “El nombre de los nuestros”: el sargento Molina, protagonista del relato, pide a uno de sus hombres, superviviente de la aniquilación de la posición avanzada de Sidi Dris, que haga el esfuerzo de recordar ante sus compatriotas a los caídos en la campaña de África; la invocación de Molina es, no hace falta insistir mucho en ello, la misma que el escritor dirige a su público. Debemos tener en cuenta, además (el autor lo menciona en el prólogo y lo ha destacado en varias entrevistas), que el sargento Molina, protagonista de la novela, es un personaje construido a partir de la figura real del abuelo del escritor, Lorenzo Silva Molina, quien luchó en la campaña africana como sargento de infantería.

Quizás no sea ocioso hacer algunas reflexiones en torno a la intención que ha presidido la escritura de esta novela, la cual no me parece, mutatis mutandis, muy diferente a la que subyace a un documental como Extranjeros de sí mismos, de José Luis López-Linares y Javier Rioyo. Novela y documental proponen un modelo de recuperación de nuestra memoria histórica reciente que, sin abandonar completamente el terreno de la interpretación ideológica, prefiere destacar el testimonio de unas peripecias vitales extraordinarias, palmariamente ignoradas por las nuevas generaciones de lectores y espectadores. No es un enfoque carente de riesgos —Manuel Vázquez Montalbán y otros significados portavoces de la izquierda clásica ya los han señalado en varias ocasiones—, pero en cualquier caso supone un meritorio esfuerzo de difusión de la historia reciente, sin complejos de culpabilidad añadidos, y un intento muy laudable de ganar para la novela y el cine español a un público más bien adormecido por los dudosos encantos de la modernidad.

La publicación de la novela de Lorenzo Silva no le viene nada mal a una sociedad como la española, cuyas jóvenes generaciones ya no tienen ante sí el horizonte del servicio militar para recordarles qué significaron, tanto desde la dimensión pública como desde la experiencia individual, aquellas campañas militares, nutridas por soldados de reemplazo con escaso o nulo fervor por la causa que habían sido obligados a defender. En estos tiempos en que el enfoque mediático parece restringir las señas características de lo militar al “espectáculo” de las intervenciones humanitarias (la participación de las fuerzas multinacionales, incluidas las españolas, en Bosnia y Kosovo es un ejemplo clarísimo) y en los que la principal consideración de las autoridades político-militares es la limitación a cualquier coste de las bajas propias (recordemos lo que ocurrió durante la Guerra del Golfo o en la campaña aérea sobre la Yugoslavia de Milosevic), Lorenzo Silva nos recuerda el incómodo papel que siempre le ha tocado desempeñar a la infantería y el valor que encierra el cumplimiento del deber y el sacrificio personal, incluso cuando éstos se llevan a cabo por causas equivocadas. Por otra parte, no deja de tener su aspecto irónico el hecho de que, en una sociedad obsesionada por la corrección política y el recurso al eufemismo, aparezca una novela que retrata sin ningún pudor las sevicias sufridas por los soldaditos españoles a manos de “los moros”.

Claro que difícilmente podríamos esperar otro planteamiento en un texto como éste, es decir, una novela de guerra en sentido estricto, caracterizada por la crudeza de sus episodios bélicos y narrada desde la perspectiva exclusiva de uno de los dos bandos en conflicto. Ello no significa que estemos ante una narración maniquea ni menos aún xenófoba, ya que, aparte de poner en solfa continuamente la legitimidad de la presencia española en el norte de África, el autor contempla a los irregulares rifeños con la admiración que merecen su coraje, su capacidad combativa, su estoicismo e incluso sus ocasionales gestos de caballerosidad (así ocurre hacia el final de la novela, cuando los harqueños devuelven el cadáver del coronel Morán, a quien tanto respetaban). Por otra parte, Silva no ahorra calificativos elogiosos hacia las tropas indígenas alistadas en el bando español (entre ellas destaca el sargento Haddú, que sacrifica su vida en un acto de lealtad revestido de todos los atributos del heroísmo más admirable). Ahora bien, tampoco hay que pensar que Lorenzo Silva haya “cambiado de bando”, en una de esas acciones típicas del pensamiento políticamente correcto —en realidad, mistificaciones de la realidad histórica— que tan frecuentes son en nuestros días. La crueldad de los harqueños, su ensañamiento con los prisioneros españoles, su rapacidad y cinismo aparecen nítidamente reflejados, sin regodeos morbosos, pero al mismo tiempo sin concesiones al relativismo cultural.

Los muchos méritos que reúne El nombre de los nuestros no sólo se reducen a la agilidad narrativa, que ya hemos señalado como un rasgo característico de las novelas de Lorenzo Silva. También en la reconstrucción histórica —con las oportunas licencias, sobre las que el autor llama la atención en la “Advertencia preliminar”— se muestra muy eficaz, tal como demuestra el capítulo 3, donde relata la conversación de los generales Dámaso Berenguer, Alto Comisario en Marruecos, y Manuel Fernández Silvestre, Comandante General de Melilla, en el cañonero Laya, a propósito de sus diferencias sobre la conducción de la campaña africana. El episodio, en gran parte imaginario, es en cualquier caso muy ilustrativo del desgobierno e impericia con que las autoridades militares trataron las operaciones bélicas, y constituye un buen ejemplo de la habilidad del autor para manejar los hechos reales y convertirlos en materia novelística. La documentación histórica y el conocimiento de los pormenores de la campaña africana se adivinan bajo el discurrir de la acción, perceptibles en el rigor y verosimilitud de los detalles (podemos ver un buen ejemplo de cómo emplea Silva los “efectos de realidad” en el capítulo 4, en la secuencia de la construcción de la posición fortificada de Talitit por las tropas de ingenieros), pero siempre subordinados a su virtualidad narrativa, a su función como soporte imprescindible de la construcción de la trama y la eficacia emotiva del relato.

También la estructura novelística está plenamente lograda. La narración, que comprende 19 capítulos y un epílogo, se mueve entre tres escenarios básicos —las posiciones avanzadas de Sidi Dris, Afrau y Talilit—, que alternan entre sí a lo largo de la novela, con alguna desviación hacia escenarios de importancia secundaria, como el cañonero Laya y la retaguardia melillense, en cualquier caso muy relacionados con los anteriores. En cada uno de los tres espacios principales se repite un esquema narrativo común, que comienza con la descripción de la posición, continúa con la creación de un tejido de relaciones entre los personajes que la ocupan y finaliza con el relato del asalto y los combates subsiguientes.

Para evitar la posible dispersión en la atención del lector y lograr su identificación con la suerte de los personajes, Silva recurre a un expediente narrativo que no resultará desconocido para los aficionados a los relatos bélicos (podemos recordar, a este respecto, películas que ofrecen una gran variedad de escenarios y personajes, como El día más largo o Un puente demasiado lejano); en efecto, en cada una de las posiciones hay emparejamientos de personajes que establecen intensas relaciones personales, en torno a las cuales giran la mayor parte de los conflictos y se concentra el dramatismo de las acciones: Andreu-cabo Rosales (Sidi Dris y Talilit), cabo Amador y sargento Molina (Afrau), alférez Veiga y contramaestre Duarte (cañonero Laya), sargento Molina-sargento indígena Haddú (Afrau), Andreu-cabo Amador (Talilit), sargento Molina-cabo González (Afrau), etc. Algunos capítulos —el 14, que narra la desbandada de Sidi Dris, y el 18, en el cual se cuenta cómo el cabo Amador entierra los cadáveres de sus compañeros muertos en combate— actúan como núcleos organizadores del relato, pues en él se reagrupan (vivos o muertos) varios de los protagonistas, dispersos hasta entonces por diferentes escenarios.

La intensidad de la narración no sólo deriva del acertado diseño estructural, sino también del muy visible tono de tragedia que la recorre. Esta dimensión trágica se configura a partir de un abrupto inicio —la muerte del soldado Pulido, que él mismo anuncia como inevitable, al comienzo del capítulo 1, suceso con el que se inaugura además uno de los motivos temáticos recurrentes, el de la violencia seca y descarnada—, y se refuerza a lo largo de los primeros capítulos mediante episodios que de algún modo anuncian el desenlace: la despedida entre el alférez Veiga y el coronel Morán (p. 52) y la marcha desde Sidi Dris a Talilit, durante la cual el cabo Rosales le cuenta a Andreu lo terrible de las retiradas ante los moros (pp. 54-56). El tono trágico procede también de otros elementos fundamentales del relato, entre los cuales hay que señalar la concentración temporal (dieciocho de los veinte capítulos se desarrollan durante los meses de junio y julio de 1921, los cuales todavía parecen más breves gracias al inteligente uso de la elipsis) y el carácter cerrado (cercado, para ser más exactos) de los escenarios. En algunos de los momentos de mayor fuerza expresiva, como los capítulos 14 y 16, la tragedia crece hasta un verdadero paroxismo destructivo, con episodios de heroísmo casi demente que destacan sobre un fondo apocalíptico, y en los cuales predomina más la conciencia de lo inevitable, de un fatalismo resignado, que la asunción racional del sentido del deber.

Los personajes de El nombre de los nuestros están, en líneas generales, muy bien trazados. Aunque no sea ésta una novela “de personajes” en sentido estricto, ya que la intensidad y el dinamismo de la acción impiden una visión más profunda de la vida interior de los protagonistas, hay que reconocerle al autor una gran capacidad para concebir criaturas de ficción vívidas, potentes, dotadas de una poderosa fuerza de convicción y especial verosimilitud. En este sentido, es inevitable destacar la figura del protagonista principal, el sargento Molina, cuyo retrato —el de un hombre íntegro y decente, valeroso pero sensato, con autoridad indiscutible sobre sus hombres, pero también comprensivo hacia sus flaquezas y debilidades, leal a las órdenes recibidas y al mismo tiempo escéptico hacia la actuación militar en el norte de África, una región cuya sequedad y ascetismo son, en cierta medida, metáfora de su propio espíritu— resulta muy atractivo.

En la construcción de sus criaturas de ficción, Lorenzo Silva utiliza diversos procedimientos, que abarcan desde la omnisciencia narrativa hasta el diálogo en estilo directo, pasando por combinaciones de ambos y por otras perspectivas intermedias. De todos ellos me parece especialmente lograda la técnica consistente en hacer vivir a los personajes acciones que definen su verdadera personalidad sin innecesarios subrayados del narrador. Un ejemplo muy significativo es el capítulo 2, en que el sargento Molina consigue que un oficial, irritadísimo por las trapisondas del mono Luisito, no dispare al macaco; en esta intervención se revelan algunas cualidades del personaje: su sensatez, la autoridad que emana de su porte, de su modo de ser y de hablar, su interés por los hombres a su cargo, su comprensión del otro, su humanidad. Otro ejemplo de esta técnica lo hallamos en el capítulo 7, cuando Molina elimina de un plumazo la corruptela de los soldados que pagan a sus camaradas para evitar salir en misión de aguada, demostrando así otro rasgo clave de su carácter, como es su innato sentido de la justicia, su energía para enfrentarse a los abusos. Y aunque el personaje se defina más a partir de sus acciones que de sus palabras, pues es hombre cauto y reservado, sus escuetas declaraciones siempre se caracterizan por su buen sentido; a este respecto, hay dos frases que resumen perfectamente su talante, ambas en la página 71: “no se puede abusar de quien es más débil. Quien hace eso o lo consiente, ensucia el mundo”; “las perras corrompen, pero la miseria corrompe más. Ésa es la mala ley de la vida”.

No hay duda de que el sargento Molina es un magnífico personaje. Acaso el único reproche que se puede hacer al autor con respecto a su protagonista es que resulta tal vez demasiado entero, demasiado “bueno”, para un escenario tan desdichado y negativo como el que en la novela se describe. Su honradez e integridad, sus reticencias ante la oficialidad (en las que subyace un evidente conflicto de clase que también alienta en otros personajes de la novela, como el anarquista Andreu o el ugetista Amador) TÍTULO=»\indice4\»>4, incluso su capacidad de ver más allá de las circunstancias estrictamente militares para cuestionar la política colonialista en el norte de África (por cierto, no es el único suboficial que comparte este planteamiento, como pone de relieve la conversación entre el contramaestre Duarte y el alférez Veiga en el capítulo 3), dibujan el perfil de un personaje que, sin abandonar del todo ciertas características del clásico héroe épico —véase, por ejemplo, su valerosa actuación, de un heroísmo inaudito, en los capítulos 13 y 15, que narran el asalto y la retirada de Afrau—, tiene además muchos puntos de contacto con el modelo del héroe “a su pesar”, característico de muchas novelas bélicas TÍTULO=»\indice5\»>5.

Al comienzo de esta reseña hacíamos algunas consideraciones sobre el sentido de la novela y sobre su condición ideológica. Querría aclarar ahora que, en mi opinión, y a pesar de que el autor no oculta en ningún momento la crítica hacia el estamento castrense, no creo que debamos considerar El nombre de los nuestros como una novela antimilitarista. Es cierto que entre los mandos militares que aparecen en ella abundan las conductas de criminal incompetencia —la infravaloración de la capacidad combativa del enemigo, la asunción de riesgos tácticos y estratégicos innecesarios, la descoordinación, el desprecio por las vidas de los reclutas, que más bien semejan corderos destinados al sacrificio, tal como pone de relieve el ya mencionado episodio inicial del soldado Pulido— y también las muestras de un comportamiento despreciable: generales arrogantes como Fernández Silvestre, oficiales señoritos y chulescos, investidos de un prejuicio de superioridad no sólo respecto a “los moros”, sino a sus propias tropas, cabos y suboficiales embrutecidos por el alcohol, el desarraigo y la corrupción.

Pero frente a ellos, también contemplamos a militares dignos, como el coronel Morán (que parece estar basado en un oficial real caído en el desastre, el coronel Morales), el alférez Veiga y, sobre todo, el sargento Molina, en el que se ejemplifican virtudes militares que indudablemente el autor admira: el sentido del deber, la lealtad, la camaradería, el estoicismo. Y aunque el heroísmo irracional, característico de los hechos de guerra, está contemplado a través de un prisma de escepticismo crítico, el escritor no llega a condenarlo del todo: incluso algunos oficiales que destacan por sus baladronadas y su altivez alcanzan en el momento del combate cierta dignidad inesperada, que procede de un coraje primitivo, enloquecido, y de una voluntad de sacrificio que no por absurda resulta menos impresionante; así ocurre por ejemplo en el capítulo 10, que narra el asalto a Talilit, cuando el teniente artillero, protegiendo el repliegue de sus soldados, se enfrenta con valentía suicida a la embestida de la harka. Silva llega incluso a proponer una interpretación del desastre bélico en términos de experiencia iniciática, de acontecimiento íntimo, capaz de transformar el carácter de los supervivientes —véanse las reflexiones que realiza el alférez Veiga a propósito de la aniquilación de los soldados españoles, en la página 157—, que aunque pueda ser discutible desde perspectivas ideológicas tiene sin embargo una indiscutible carga emotiva.

Una novela de guerra como la que ha escrito Silva no podía prescindir de la descripción realista de las condiciones de la vida en las posiciones de vanguardia. Es un realismo que no ahorra al lector detalle crudos y hasta brutales, imprescindibles en la tradición de los relatos bélicos, y en el que destaca singularmente la habilidad narrativa del autor. Las escenas de combate son rápidas, rotundas, contundentes, llenas de terribles sucesos de una fuerza e intensidad dignas de elogio. Se podrían multiplicar los ejemplos, pero yo seleccionaría los asaltos a las posiciones de Talitit, Afrau y Sidi Dris (capítulos 10, 14 y 16 respectivamente), absolutamente magníficos, con su combinación de episodios de escalofriante violencia —heridos rematados por sus propios compañeros, soldados torturados por la sed, hombres que, al borde de perder la razón, reservan su última bala para no caer prisioneros, hospitales de campaña donde se amontonan los heridos en condiciones infernales, prisioneros horriblemente atormentados por los harqueños— y diálogos descarnados, implacables, de una expresividad que no sólo procede de la tensión del momento, sino de su laconismo y absoluta falta de retórica.

Lorenzo Silva hace uso de un castellano rotundo, que no retrocede ante los tacos, las blasfemias o las rudas expresiones del argot cuartelero. Sin embargo, también demuestra su capacidad para el interludio lírico, generalmente asociado a la evocación del paisaje norteafricano. Así ocurre, por ejemplo, en las páginas 74-75, en las que el sargento Molina recuerda ante el cabo Amador la ciudad montañosa de Xauen, tan semejante a los pueblos blancos andaluces, con su insólita judería y su aire misterioso y embriagador. También el alférez Veiga, a bordo del cañonero Laya, percibe la inevitable seducción del paisaje africano:

“El contraste de luces y sombras, silencios y estruendos, tenía para Veiga una caprichosa armonía. Durante el día, la calima y el polvo lo difuminaban todo, pero al anochecer se producía una transformación súbita y cautivadora. La mar, el aire, la costa misma, todo tenía un fulgor extraño. Hasta los hombres que allí estaban intentando matar y no morir debían sentirse sobrecogidos por la inaudita belleza de que se revestía el paisaje africano mientras huía la luz y se les venía encima la noche llena de incertidumbres” (p. 161).

Esta novela de trincheras, dolor y sufrimientos apenas imaginables también reserva un espacio para otras emociones que las derivadas de las acciones militares. En unos casos es el humor, teñido de notas grotescas y hasta esperpénticas, como ocurre con las aventuras del mono Luisito en la posición de Afrau (capítulos 2 y 8). En otros es el deseo sexual, que alcanza un nivel de intensa tensión en el relato que hace el cabo Rosales a Andreu de su encuentro con una mujer rifeña en el recinto de un morabito (pp. 92-94, capítulo 6). Tampoco faltan los momentos más reposados, en los que se expresa la rutina de la vida en las trincheras y se da cauce a la revelación de la intimidad de los soldados (véase el capítulo 5, significativamente titulado “Añoranzas nocturnas”), o los retratos casi costumbristas, como el de los asfixiantes blocaos, con sus interminables partidas de naipes y sus penosas condiciones higiénicas (capítulo 6). Y me parece muy revelador que la novela, que como ya hemos dicho se caracteriza por una violencia creciente hasta el paroxismo, termine sin embargo con un reposado epílogo (situado seis años después del desastre, tras el desembarco de Alhucemas), que proyecta un hermoso tono melancólico sobre el ánimo del lector. En este capítulo final, la mirada del narrador pasa ágilmente desde el acorazado donde presta servicio el ya oficial de marina Veiga hasta la recién creada ciudad en la que el sargento Molina asiste en posición de firmes a la revista real de las tropas españolas, finalmente vencedoras. Las emociones de ambos, distantes, escépticas, proporcionan un adecuado contrapunto melancólico, un adagio tan emocionante como desengañado, al agotador frenesí de los combates. Los dos soldados comprenden cómo su heroísmo ha sido manipulado y ha sido transformado en un acto inútil, pero se dan cuenta también de que nunca podrán olvidar lo que han vivido. Y así su recuerdo pasa a formar parte de nosotros, los lectores, para quienes Veiga, Molina, Amador, Andreu o Haddú llevan ya, desde el mismo momento en que cerramos la cubierta de esta emocionante novela, “el nombre de los nuestros”.

Notas

TÍTULO=»\nota1\»>1. Noviembre sin violetas, Madrid, Ediciones Libertarias, 1995, reeditado en Destino (Col. “Destino Libro”); La sustancia interior, Madrid, Huerga y Fierro, 1996, reeditado en Destino (Col. “Áncora y Delfín”), 1999; La flaqueza del bolchevique, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 779), 1997, reeditado en Booklet, 1998 y en “Destino Libro”, 2000; El lejano país de los estanques, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 812), 1998 [premio “El Ojo Crítico” de narrativa]; El ángel oculto, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 844), 1999; El urinario, Valencia, Pre-Textos (Col. “Narrativa”, 10), 1999; El alquimista impaciente, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 890), 2000, reeditado por Planeta y Círculo de Lectores (2000); El nombre de los nuestros, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 919), 2001; La isla del fin de la suerte, Barcelona, Círculo de Lectores, 2001; El cazador del desierto, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 1998 [novela juvenil]; Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 1998 [novela juvenil]; La lluvia de París, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 2000 [novela juvenil]; Viajes escritos y escritos viajeros, Madrid, Anaya (Col. “Punto de referencia”), 2000) [libro de viajes]; Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos, Barcelona, Ediciones Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 927), 2001 [libro de viajes]. «

TÍTULO=»\nota2\»>2. La isla del fin de la suerte se aloja en la web del Círculo de Lectores. Esta no es la única relación del novelista con Internet y las nuevas tecnologías, pues también ha elaborado una web personal donde ofrece noticias biográficas, extractos de las críticas recibidas por sus novelas, una completa bibliografía, textos inéditos muy representativos de sus inquietudes y aficiones, etc. A todo ello hay que añadir la aparición (octubre de 2001) de alguno de sus textos breves (el relato “Liberty City”) en formato de libro digital o e-book, publicado por la Editorial Badosa. «

TÍTULO=»\nota3\»>3. La novela de Lorenzo Silva se ha publicado apenas un año después que Una guerra africana, Madrid, Ediciones SM (Col “Gran Angular”, 195), 2000, de Ignacio Martínez de Pisón, novela juvenil cuya acción transcurre con posterioridad a los sucesos del desastre de Annual. Aunque inferior en calidad a El nombre de los nuestros y muy diferente en su planteamiento argumental (pues, a pesar de lo que sugiere el título, su centro de gravedad no es tanto la campaña militar cuanto el relato de una poco creíble peripecia sentimental que se desarrolla sobre el fondo de la contienda africana), la novela de Martínez de Pisón comparte con la de Silva unos cuantos rasgos comunes: no sólo las inevitables referencias al marco histórico, sino también la focalización del relato en torno a un suboficial de baja extracción social (el sargento Medrano, escéptico ante la guerra y al mismo tiempo entregado a su deber), que tiene numerosos puntos de contacto con el sargento Molina de El nombre de los nuestros. La novela de Silva guarda también algunas conexiones con la famosísima Morirás en Chafarinas, de Fernando Lalana, no sólo por su ambientación norteafricana y por algunos detalles de los protagonistas (soldados de reemplazo), sino también por la insistencia en las notas de escepticismo y desarraigo que en ambas novelas aparecen. «

TÍTULO=»\nota4\»>4. A este respecto resulta muy ilustrativo el capítulo 5, donde el cabo Amador y el sargento Molina charlan sobre el sentido de la guerra y su propia intervención en ella. Molina revela en esta conversación uno de los rasgos fundamentales de su personalidad: el sentido del deber, el compromiso nacido de un convencimiento personal que se impone por sobre las comodidades y los intereses mezquinos, hasta el punto de que Amador, el sindicalista de la UGT opuesto a la guerra y a sus enemigos de clase, acaba comprendiendo las intenciones y motivos de su superior, que en principio le parecían inaceptables. «

TÍTULO=»\nota5\»>5. Estas características no son insólitas en los personajes de Lorenzo Silva. De hecho, buena parte de ellas pueden advertirse en el sargento Rubén Bevilacqua, protagonista de El lejano país de los estanques y El alquimista impaciente. Aunque el sargento Molina haya sido forjado a partir del recuerdo de un hombre de carne y hueso, no es menos cierto que sus rasgos distintivos —el sentido del deber, la rectitud, la solidaridad con los hombres bajo su mando, el distanciamiento frente a la oficialidad— pueden detectarse en alguno de los antecedentes narrativos que ya citamos al principio de esta reseña; pienso, por ejemplo, en el personaje del sargento Carlos Arnedo, protagonista del episodio 4 (“Magdalena roja”) de El blocao, de José Díaz Fernández. Además, el tipo no es ajeno a la tradición de los relatos bélicos contemporáneos; pienso, por ejemplo, en personajes como el sargento primero Milton Warden, de la novela de James Jones De aquí a la eternidad (1951), o el sargento Croft de Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer. «

Para saber más

Quienes tengan interés en ampliar la información sobre la novela y su autor pueden consultar las siguientes fuentes:

  • TÍTULO=»\biografía\»>Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos, Barcelona, Ediciones Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 927), 2001. En este libro de viajes, que relata su estancia en el norte de Marruecos, Lorenzo Silva proporciona significativos detalles de la biografía de su abuelo y abundantes noticias históricas de las campañas africanas (véanse, en relación con los sucesos que relata la novela, las pp. 104-108). Al leer Del Rif alYebala no sólo podemos verificar muchos aspectos del complejo proceso de creación novelística que se halla tras El nombre de los nuestros, sino que además confirmamos esa poderosa sensación de realismo y autenticidad que se desprende de la novela.
  • Web personal de Lorenzo Silva: imprescindible para un contacto de primera mano con la trayectoria biográfica y los intereses del escritor. También hay un foro de noticias sobre el escritor muy recomendable.
  • El desastre de Annual: una web con información detalladísima sobre lo que fue y lo que significó este pavoroso episodio de la historia española (incluye fotografías). 
  • En los últimos años, la guerra de África ha vuelto a suscitar el interés de los escritores españoles, como demuestra el magnífico reportaje de Manuel Leguineche, Annual, 1921: el desastre de España en el Rif, Madrid, Alfaguara, 1996. Este libro incluye, a modo de apéndice, el llamado “Expediente Picasso”, encargado por el gobierno español al general Juan Picasso para averiguar las causas de la derrota militar; en las páginas 143-144 y 147-150 de este apéndice se relatan pormenorizadamente los combates en las posiciones de Talilit, Sidi Dris y Afrau.
  • También en el plano estrictamente literario hay significativas muestras de este renovado interés, pues se han reeditado dos de las grandes novelas sobre la guerra de África: El blocao de José Díaz Fernández (Madrid, Viamonte, 1998), con prólogo de José Esteban; e Imán, de Ramón J. Sender, (Barcelona, Ediciones Destino, Col. “Clásicos Contemporáneos Comentados”, 2001), con comentarios de Lorenzo Silva.
  • En su número 69, de septiembre de 2002 (pp. 34.37), la revista Qué Leer dedica un interesante y bien documentado reportaje, titulado “Moros en la costa”, a la relación entre la literatura y los desastres bélicos sufridos por las tropas españolas en el Norte de África.
  • El propio Lorenzo Silva (suplemento dominical El Semanal, nº 800, del 23-II al 1-III de 2003, pp. 54-58), ha anunciado recientemente la preparación de un documental sobre la desastrosa retirada de Annual. En este proyecto, basado en un guión del novelista, intervienen los cineastas Manu Horrillo y Benito Zambrano. Más información en la web http://www.arreyenlao.com y en la web del novelista.
La versión original de esta reseña ha sido publicada en la web personal de Lorenzo Silva, a quien agradezco sinceramente los elogios que dedica a mi trabajo.

 

 

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO:
CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»El nombre de los nuestros (Lorenzo Silva)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «El nombre de los nuestros (Lorenzo Silva)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

FLORES CANSADAS

El drama de una vida, un trabscurrir por la vida en soledad.

Al volver por la calle de las panaderas, empecé a sentir como una especie de escalofrió que me recorrió el cuerpo, una sensación que jamás la había sentido. El medico me había recomendado tranquilidad, pero en aquel estado de verborrea virulenta que llevaba mi amigo desde hacía varios meses, me hacía sentir cada vez peor.

Cada vez que quedaba con él era lo mismo, la misma historia, las mismas retórica pesada y aburrida de siempre. Había decidido desaparecer de su vida y que el desapareciera de la mía.

Empezaba a verme como un mercenario, que siente una especie de melodía fúnebre en la cabeza, tras haber pasado bastantes años de su vida segando la vida de personas que ni tan siquiera había conocido. Cuando llegué al porche solo pude apoyarme en la baranda del jardín y contemplar unas flores que hacía varios meses había plantado, y que simplemente con el azul del cielo, la poca agua que caía últimamente y mi cariño habían brotado con fuerza, con esa fuerza que yo no sentía dentro de mí. Con esa energía que se estaba desvaneciendo poco a poco.

Aquella tarde había decido desprenderme del arríate, estaba desilusionada, cansada, y con ganas de morir, que vano, que difícil es decir esto, ¿verdad?, pues yo, ya con setenta años, estaba terriblemente cansada de todo lo que había sentido, oído, visto, y pasado en mis propias carnes.

Aquel arríate apartado de la casa lo único que hacía era recordarme la ilusión que en su momento puse en hacer algo diferente, pero que aquel licurgo, jamás vio, jamás entendió mi pasión, mi amor, mis sentimientos. Pasados los años éramos como dos estatuas, como dos pedazos de mármoles, esperando que llegue el artista para pulirnos y realizar una obra maestra, esculpir poco a poco toda la piedra sobrante. Y dejar solamente la parte de la piedra que brilla, la estatua que quedará inmortalizada para el resto de los siglos.

Tenía ganas de sentarme en mi sillón y hacer como las estatuas, quedarme para siempre en ese estado de sueño y poco a poco desaparecer. En aquel momento apareció, no podía ser era ella, la flor de mi vida, la parte de mi que un día se fue para siempre, la vi, la toque y cogiendo de mi mano me alzó hacía ese paraíso que estaba esperando hacía tiempo.

 

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»FLORES CANSADAS»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «FLORES CANSADAS»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

Cronopaisaje (Gregory Benford)

Estamos en 1998. El mundo está sumido en un gran desastre ecológico. Los gobiernos imponen restricciones y burocráticamente intentan paliar el desastre. En esta situación, el físico John Renfrew propone una solución: enviar un mensaje por medio de taquiones -hipotéticas partículas que de existir viajarían a velocidades superiores a la de la luz- al pasado para advertirles de la catástrofe por venir.

De esta forma entra en el argumento otro mundo más: la California de 1962 donde Gordon Bernstein detecta accidentalmente esas emisiones. El problema está en mantener por un lado los mensaje en medio de un mundo que se desmorona y por otro en convencer al mundo de que se están recibiendo mensajes del futuro.

Según el autor, el tiempo es el tema rara vez comentado pero siempre presente de esta novela. Enviar un mensaje al pasado significa asumir que existe una continuidad en el tiempo, que el tiempo es de alguna forma un ente sólido. El tiempo como objeto es ese cronopaisaje al que hace referencia el título de la novela. Y sobre ese fondo se desarrolla el drama humano. Cronopaisaje es un intento de mostrar que el tiempo es uno de los problemas fundamentales de la física moderna. Cronopaisaje intenta hacernos ver que ese problema nos afecta a todos.

La imagen omnipresente en la novela es la de las ondas. El autor juega continuamente con imágenes oceánicas (juego que por supuesto se pierde en la traducción, ya que en español las palabras \’ola\’ y \’onda\’ no evocan el mismo fenómeno) mezclando las ondas de probabilidad de la mecánica cuántica con las olas del mar. Los personajes se dan cuenta de que viven en el espacio tiempo que es "Un gran animal en el oscuro mar" y en ese mar de probabilidad dónde somos como olas "rompiéndose en una blanca espuma".

Pero también se trata de una novela sobre la comunicación, o sobre la imposibilidad de la misma. No sólo el futuro intenta hablar con el pasado, sino que los personajes intentan hablar entre sí, sin alcanzarse o sin entenderse. Renfrew no consigue conectar con el burócrata Peterson del que depende para conseguir el dinero que mantenga el experimento en marcha. Gregory Markham (el alter ego de Gregory Benford en la novela, y el lector deberá recordar durante la lectura que Gregory Benford tiene un hermano gemelo) vive sólo para sus ecuaciones. Gordon intenta comunicarse con su madre, que vive en el universo de Nueva York, muy lejos del nuevo mundo de su hijo. Gordon Berstein debe además enfrentarse al mundo académico de la universidad para la que trabaja y a la difícil y compleja (aunque quizá sea complicada) relación que mantiene con su novia Pam.

Esta novela, en suma, puede disfrutarse de varias formas. El análisis de la vida académica muestra la ciencia tal y como es: un producto creado por seres humanos, con todas sus grandezas y miserias. Los personajes son todos grandiosos. Cada uno intenta su manera de adaptarse a los cambios por venir. Algunos intentan mantener la apariencia de orden, mientras que otros luchan hasta el final por lo que creen.

El lector puede apreciar además otro curioso juego. Al final, en el último capítulo, Gordon Bernstein está a punto de recibir un premios por su labor científica. En un momento comienza a hablarnos de su mujer y a recordar lo que sucedió después de la recepción del mensaje del futuro. Si el lector está atento, descubrirá que esos recuerdos aparentemente sin importancia recapitulan todo lo que ha sucedido en la novela.

Quizá la imagen más poderosa de esta novela sea la de unos estantes de cocina. Marjorie, la mujer de John Renfrew, le pide a su esposo que los coloque. John utiliza sus herramientas para asegurarse de que los estantes están perfectamente horizontales con respecto al suelo. Pero la casa está inclinada y da la impresión de que los estantes también lo están. De nada sirve que John Renfrew discuta los métodos empleados para montar los estantes, finalmente comenta: "la estantería está a plomo. Son las paredes las que están inclinadas" (p. 129). Más tarde, cuando el desastre se acrecienta, comprende que a veces son los estantes los que están inclinados y las paredes rectas.

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»Cronopaisaje (Gregory Benford)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «Cronopaisaje (Gregory Benford)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

PEDRO PÁRAMO (Juan Rulfo)

Juan Preciado promete a su madre en el lecho de muerte ir a Comala a reclamar a su padre, Pedro Páramo, "lo que es suyo". Dolores Preciado, su madre, le da una visión idílica del pueblo mexicano que lo ilusiona. Camino a Comala se encuentra con Abundio, un personaje que resulta ser crucial para la obra, aunque al lector no le parezca así. Éste le dice que también es hijo de Pedro Páramo, pero que el cacique ya ha muerto, lo cual desconcierta al protagonista. Así pues, al llegar a Comala se encuentra con un pueblo desolado, abandonado, semejante a un infierno y cuya atmósfera está llena de muerte. Es preciso para ello saber que la novela pertenece al realismo mágico, tendencia literaria latinoamericana que presenta lo paranormal (como en este caso las apariciones de almas en pena) como algo cotidiano y la cual tiende a abandonar por lo tanto los criterios racionales. Así por ejemplo, Juan Preciado se va encontrando con diversos personajes que en realidad son almas en pena, como lentamente comprenderá. Pero hay muchos más elementos que cargan de "muerte" el ambiente. Así pues, se oyen los murmullos de los muertos, hay muchos escenarios en penumbra o aparecen símbolos como los de un caballo despavorido.

Finalmente, cuando Juan Preciado se percata de lo que está ocurriendo se muere desesperado. Es entonces cuando el lector se percata de que todo lo narrado hasta el momento formaba parte de una conversación desde la tumba con otra alma en pena, Dorotea, que se encargaba de llevar mujeres a Miguel Páramo (hijo de Pedro Páramo).

Pero lo peculiar de esta historia es la mezcla de historias, pues paralelamente a esto nos es narrada la historia de Pedro Páramo en lo que se llama Plano B (siendo Plano A la historia de su hijo). Reside en ello la mayor dificultad de la novela, pues los fragmentos del segundo plano están en un completo desorden cronológico (por ello Juan Rulfo dijo que el lector era coautor de la obra, al deber reconstruir la historia).

Es ahí donde conocemos lo ocurrido durante toda su vida y las consecuencia que tuvo para Comala. Toda su vida fue Pedro Páramo un cacique rodeado de muerte. Por ejemplo nos es descrito el episodio del asesinato de su padre cuando estaba en una boda. Ante la imposibilidad de saber quién fue el asesino, Pedro Páramo (nótese la simbología del nombre: Pedro=petrus=piedra, connota dureza y brutalidad; Páramo=páramo=tierra infertil, connota su carácter ágrio), decide ir matando a todos los asistentes para asegurarse de que el asesino pague. Lo mismo hace para expandir su poder y dominar íntegramente el pueblo, causando no pocas muertes y sufrimiento que llevan al deterioro del mismo (así pues, el trabajo de Pedro Páramo es el que ha provocado la degradación material del pueblo y que supone el paso intermedio entre la Comala idílica de Dolores Preciado y la que se encuentra su hijo).

Sin embargo y a pesar de todo su poder, siempre se le ha escapado el amor de Susana San Juan, que de hecho acaba enloqueciendo y huyendo con su padre ante el acoso del cacique. Éste manda buscarla por toda la zona y es encontrada tras treinta años. Su brutalidad le lleva a ordenar el asesinato del padre para que ella dependa definitivamente de él. Pero poco después ella muere y con ella todas las ilusiones de él, que acaba deprimido el resto de sus días.

La conducta brutal ha sembrado el odio entre los habitantes de Comala, y Abundio, uno de los muchos hijos rechazados y no reconocidos por él, acaba matándole. Es él quien aparece al principio y al final de la novela, motivo por el cual esta tiene estructura circular (característica del realismo mágico).

En la obra hay otros personajes que la complementan. Cabe destacar en este sentido al Padre Rentería (Connotación: Rentería: Renta:Dinero que se paga). A pesar de sus remordimientos, se vende al poder fallando en su labor social. Mientras que no absuelve a las almas de los pobres (motivo por el cual y según la creencia azteca mezclada con la cristiana) estas permanecen en la tierra sin encontrar la paz, permite todo tipo de actos a Pedro Páramo y su hijo Miguel, (que también muere, y al que concede perdón a pesar de saber que violaba a jóvenes del pueblo, sin importarle su corta edad), como asesinatos, violaciones o extorsiones. Críticos señalan que contribuyó a la degradación moral del pueblo al fracasar a la hora de dar ánimos y ganas de seguir adelante a sus habitantes.

 Importancia Literaria y Cultural

"Pedro Páramo" es considerada una obra sumamente importante dentro de la literatura mexicana puesto que maneja un lenguaje en realidad abstracto y coloquial, pero el mensaje que nos transmite es sumamente profundo; si una persona con pocos conocimientos en literatura comienza a leer el libro, lo desechará porque le parecerá un texto áspero, brusco y prácticamente sin sentido, hay que estar muy conscientes de que la obra en sí es un retrato de la sociedad mexicana, a pesar de que contenga hechos que no son posibles en nuestra realidad, y esa es la principal característica del realismo mágico: a pesar de presentar hechos fantásticos logra darnos un retrato bastante fiel de su mensaje, es decir, que a pesar de que en esta novela Rulfo se vale de voces de muertos, o de espíritus en lugar de personajes vivos, el retrato que nos hace de la sociedad mexicana es bastante más exacto que el que nos muestran obras más "razonables", como puede serlo "El Zarco" de Ignacio Manuel Altamirano. La sociedad de Rulfo es una sociedad muerta, una sociedad que no puede vivir con sus muertos, que vive cobijada por una religión corrupta que no busca más que sacar provecho de cualquiera que se le atraviese, una sociedad solitaria y decadente. "Pedro Páramo" es considerado por muchos, el retrato más exacto del pueblo mexicano. AL final se trata de una cuidad de muertos que buscan el descanso eterno

 Críticas

Aunque se ha repetido incansablemente que la novela de Rulfo sufrió la incomprensión de los críticos, pocas semanas después de su publicación tuvo una reseña anónima muy favorable en el diario El Universal (17 de abril de 1955), de la ciudad de México, en la que se afirmaba que la novela era en realidad un relato. Otro de los rumores usuales es el que afirma que no fue sino hasta 1958, a partir de la traducción al alemán (de Mariana Frenk-Westheim), y tras la buena acogida en ese país cuando en México empezaron a interesarse por la novela. Pero, en realidad, Pedro Páramo obtuvo una respuesta crítica muy amplia y diversa durante todo 1955, incluida una reseña de Carlos Fuentes que apareció en la revista L\’Esprit des Lettres, de Rhone, Francia (noviembre-diciembre de 1955).

El siguiente es un fragmento de la reseña anónima de El Universal.

Pedro Páramo es la primera novela de Juan Rulfo. Como novela, al menos, ha sido clasificado, aunque en realidad es un largo relato, un largo y armonioso relato. Rulfo, sin dejar de ser el mismo de los cuentos, de los relatos breves de El Llano en llamas, es ahora otro en Pedro Páramo. El asunto de la obra, mexicano desde muy adentro, desde lo más profundo del ser se acendra en el dominio del idioma. Esto caracterizó desde un principio a Juan Rulfo. Sabe dar el acento de mexicanidad sin acudir al corriente recurso de las deformaciones fonéticas y ortográficas que la gente humilde de México emplea. No es tampoco una sintaxis especial, no es nada que tenga que ver con la gramática. Lo que hay en Rulfo es un poderoso aliento poético: sabe arrancar a sus personajes, siempre muy mexicanos, escondidos matices y escondidos acentos. Los ve desde muy adentro y, por verlos así, encuentra en ellos notas de emoción y belleza. En Rulfo lo de menos es el asunto, lo importante es cómo se trata ese asunto, cómo se va hundiendo en él lentamente, cómo va asiendo los elementos de que se sirve y exponiéndolos de dentro afuera, rodeándolos a menudo de un vaho de misterio y magia. Ahí la emoción se acendra por la virtud del procedimiento y ya la urdimbre, la trama, pasa a segundo término. En Pedro Páramo nunca deja de estar presente el drama; pero el drama no es presentado escueta, simplemente, sino exaltado, trasladado a una dimensión de belleza y de fuerza que hiere o acaricia incesantemente a la sensibilidad del lector. ¿En qué consiste esto? Los recursos de que se vale Juan Rulfo no están a la vista; pero el efecto que se consigue es el que ha sido señalado. Tal vez alguien prefiera las proyecciones de crítica social que tiene Pedro Páramo; pero detenerse en ellas sería apartarse del juicio literario. Hay que abandonarlas, por eso, a pesar de su importancia y su sagacidad. Y hay que señalar la belleza, la originalidad, la eficacia literaria de este Pedro Páramo.

Fuente: Anónimo, "Los libros recientes", El Universal, 17 de abril de 1955, Primera Sección, p. 26. Se trata de una reseña de varios títulos. El resto de las obras comentadas eran: La sombra del Techincuagüe, de Ramón Rubín, Mazamitla, de Ricardo Garibay, El pueblo de Olivera Unda, y Semblanzas mexicanas (artistas y escritores del México actual), de Alfredo Cardona Peña.

A menudo se otorga un valor de verdad demasiado estricto a las declaraciones hechas por Rulfo sin tener en cuenta las circunstancias en que se produjeron. Muchas de las entrevistas con el escritor son monótonas, llenas de lugares comunes y repetitivas. El siguiente fragmento procede de una colaboración de Rulfo para la agencia EFE:

"No tengo nada que reprocharles a mis críticos. Era difícil aceptar una novela que se presentaba con apariencia realista, como la historia de un cacique, y en verdad es el relato de un pueblo: una aldea muerta en donde todos están muertos, incluso el narrador, y sus calles y campos son recorridos únicamente por las ánimas y los ecos capaces de fluir sin límites en el tiempo y en el espacio."

Fuente: Juan Rulfo, "Cumple 30 años Pedro Páramo", Excélsior, 16 de marzo de 1985, p. 14A.

Esta toma de distancia de Rulfo ante la respuesta crítica dispensada a su novela muestra también una de las características más subestimadas de Pedro Páramo: la forma en que se construye el personaje del cacique, que no tiene voz propia y cuya configuración depende de la voz narrativa o de los testimonios de aquellos que lo rodearon. Hay un gesto irónico en el hecho de que el cacique, el responsable de la destrucción de Comala, el detentador del poder local, dependa de instancias como el narrador o los otros personajes para aparecer ante el lector.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO:
CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»PEDRO PÁRAMO (Juan Rulfo)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «PEDRO PÁRAMO (Juan Rulfo)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI